Home ActualidadNoticias internacionales El eco de un golpe frustrado: Benín y la fragilidad del espejismo democrático*

El eco de un golpe frustrado: Benín y la fragilidad del espejismo democrático*

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Mientras Europa encendía las luces de sus navidades, en Benín, un grupo de militares apagaba —o intentaba apagar— la luz de la democracia. Con fusiles en mano y voz temblorosa, irrumpieron en la televisión estatal para anunciar que el presidente Patrice Talon ya no era jefe de nada. Que el pueblo tenía nuevo dueño. Que las botas, una vez más, hablaban por todos.No duraron mucho. El gobierno respondió con rapidez. La insurrección fue sofocada. Se restauró el orden, se arrestaron a los cabecillas, y las cancillerías internacionales respiraron aliviadas. Fin del episodio. ¿O no?El intento fallido de golpe en Benín no es un hecho aislado. Es parte de un patrón preocupante: África Occidental está siendo golpeada por una ola de rupturas institucionales que pone en jaque décadas de transición democrática. Mali, Burkina Faso, Níger… ahora Benín coquetea con el abismo. Y aunque el gobierno diga que no pasó nada, lo cierto es que pasó todo.Es urgente escuchar lo que este estallido revela: que el descontento en África —como en tantos otros lugares— no es solo económico, sino existencial. Que el pueblo quiere algo más que estabilidad: quiere sentido, justicia, dignidad. Y que Occidente debe mirar más allá de sus intereses estratégicos o sus contratos comerciales si quiere acompañar procesos reales de transformación.Benín ha contenido el golpe. Pero ¿podrá contener el desencanto?El riesgo no es el militar de turno, sino que las futuras generaciones de benineses —y africanos— empiecen a creer que entre la dictadura de las armas y la democracia vacía, no hay diferencia.Y eso sí sería un golpe. No al gobierno. Al futuro. Lo que ocurrió este domingo revela mucho más que un levantamiento frustrado: expone grietas, hartazgos y silencios. Expone un modelo político fatigado, una sociedad que no se siente representada, y un ejército que ya no se limita a las fronteras.¿De qué sirve una democracia formal si los ciudadanos la perciben como una cáscara vacía? Patrice Talon, en el poder desde 2016, ha sido acusado —con razón o sin ella— de cerrar espacios políticos, cooptar instituciones y no preparar el terreno para una sucesión verdaderamente abierta. A eso se suma una creciente inseguridad en el norte, desigualdades económicas persistentes, y una juventud sin horizonte.Pero el peligro no está solo en los militares que asaltan un canal de televisión. Está también en la pasividad. En pensar que basta con frustrar un golpe para salvar una democracia. Los golpes de Estado ya no necesitan tanques; a veces bastan con urnas sin alternancia, medios silenciados y oposición criminalizada.

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