El reciente llamado del presidente egipcio Abdel-Fattah el-Sissi, en la conferencia Rusia-África celebrada en El Cairo, reabre una herida histórica: la marginación de África en el sistema internacional de toma de decisiones. Lo que se dice desde 2005 —dos escaños permanentes y cinco no permanentes para el continente africano en el Consejo de Seguridad de la ONU— sigue siendo una promesa arrinconada por la geopolítica del statu quo.Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el Consejo de Seguridad no ha variado su composición esencial: cinco países con derecho de veto y diez no permanentes con mandatos limitados. Ni el crecimiento demográfico, ni la relevancia estratégica, ni el peso político creciente de África han servido hasta ahora para modificar una arquitectura internacional que sigue viendo al continente como objeto de decisiones y no como sujeto de poder.El discurso de El Cairo —leído por el ministro egipcio de Exteriores ante sus homólogos y el canciller ruso Sergey Lavrov— no es nuevo, pero sí oportuno. Llega en un contexto de reconfiguración de alianzas, donde Rusia intenta tejer vínculos más firmes con África, y donde África busca ser algo más que un terreno de influencia geoestratégica.Sin embargo, la verdadera pregunta persiste: ¿quién está frenando esta reforma? Las potencias con asiento permanente parecen poco dispuestas a compartir privilegios. Incluso dentro del propio continente, el debate sobre qué países ocuparían esos hipotéticos escaños permanentes ha sembrado divisiones. La unidad africana en esta causa es aún más política que real.El silencio internacional ante esta demanda habla más alto que los comunicados. ¿Es lógico que un continente con 54 Estados miembros de la ONU no tenga ningún representante permanente en el órgano que decide la guerra y la paz en el mundo? ¿Es justo que conflictos en África sean debatidos y votados por países que no rinden cuentas ante los pueblos africanos?La ONU atraviesa una crisis de credibilidad, y la reforma del Consejo de Seguridad no es un tema de conveniencia, sino de legitimidad. La exigencia africana no es simbólica; es estructural. Mientras no se corrija esta exclusión, se seguirá reproduciendo una diplomacia de asimetrías.La cumbre Rusia-África ha vuelto a decirlo. Ahora le toca al resto del mundo escuchar y actuar. África ya no pide permiso. Exige respeto