Desde los días en que nombres como Rodolfo Bodipo, Juvenal Edjogo, José Luis Rondo Sergio Barilla, Kuyami o los hermanos Zarandona defendían los colores del Nzalang Nacional, el debate sobre quién “merece” representar a Guinea Ecuatorial sigue sin cerrarse. A pesar de haber sido pioneros en internacionalizar la imagen de la selección, muchos de ellos fueron —y siguen siendo— objeto de cuestionamientos por no haber nacido en el país o por no tener “apariencia africana”.Hoy, dos décadas después, el prejuicio se repite. Cuando la selección gana, los “blancos” o “españoles” son ecuatoguineanos de pleno derecho. Pero cuando pierde, se les acusa de no sentir la camiseta, de ser “fichados”, “externos” u “oportunistas”. Y es esa doble vara de medir la que revela un problema más profundo que el fútbol: la fragilidad con la que construimos nuestra identidad nacional.Desde una perspectiva sociológica, esta tensión refleja una falta de definición clara de lo que significa ser “guineano”. ¿Es la lengua? ¿El color? ¿El pasaporte? ¿La sangre? ¿O el compromiso con una nación? En un mundo cada vez más globalizado, donde la migración, el mestizaje y la diáspora son realidades, seguir anclados a una visión excluyente de la nacionalidad no solo es injusto, sino también anacrónico.Los hijos de la diáspora que hoy visten la camiseta nacional tienen apellidos, abuelos o raíces profundamente guineanas. Juegan en ligas europeas, sí, pero con un pasaporte y un vínculo que no se puede negar. ¿Por qué, entonces, seguimos midiendo su pertenencia por el lugar de nacimiento o el color de piel?Es más cómodo culpar a los “de fuera” cuando perdemos que mirar hacia dentro. La falta de una liga nacional sólida, de una política deportiva estructurada, de una cantera bien financiada, o incluso de estabilidad federativa, no puede esconderse detrás del color de quien falla un penalti.El racismo y la exclusión, cuando vienen de dentro, duelen más. Porque no sólo niegan a los otros, sino que evidencian que todavía no nos aceptamos plenamente como pueblo plural.Mientras sigamos desconfiando de los nuestros por no hablar fang, bubi o ndowé con fluidez, mientras juzguemos su patriotismo por su acento, estaremos repitiendo los errores del pasado colonial: juzgar por el exterior y olvidar el alma.El fútbol, más que un juego, es un espejo. Y hoy, ese espejo nos está mostrando una imagen que quizás preferimos no ver: la necesidad urgente de reconciliarnos con nuestra propia diversidad.