Mientras el calendario avanza con la esperanza de un nuevo ciclo, África Occidental se adentra en 2026 cargada de contrastes. La región se mueve entre certezas económicas que prometen desarrollo y turbulencias políticas que ponen en tela de juicio su estabilidad. La pregunta sigue en el aire: ¿puede la región sostener su crecimiento económico sin resolver sus crisis democráticas internas?Nigeria, motor económico del continente, se enfrenta a una erosión de su legitimidad internacional. Las recientes fricciones con los Estados Unidos no son un mero desacuerdo diplomático, sino una señal del agotamiento de un modelo de gobernanza que no ha logrado responder a los desafíos internos. El presidente Bola Tinubu gobierna sobre un país donde la inseguridad, el descontento social y la desconfianza política conviven con una élite económica cada vez más alejada de la realidad popular.En Costa de Marfil, la continuidad de Alassane Ouattara al frente del poder dibuja un espejismo de estabilidad. La narrativa de crecimiento y modernización choca con la realidad de una juventud desilusionada, instituciones débiles y una sociedad civil que sigue marcada por las heridas de la conflictividad postelectoral. El capital internacional aplaude, pero el país profundo guarda silencio o protesta en sordina.Senegal, en cambio, es un laboratorio en plena ebullición. El tándem Diomaye-Sonko representa una promesa democrática pero también un posible foco de disputa interna. Las tensiones latentes entre presidente y mentor político ponen a prueba la madurez de una transición que, aunque celebrada por sus formas, aún debe demostrar eficacia en sus fondos.En medio de este escenario político desigual, la economía regional se convierte en tabla de salvación. La explotación del hierro de Simandou en Guinea, así como el desarrollo del petróleo y gas en Senegal y Costa de Marfil, reafirman la idea de una África rica en recursos y atractiva para los capitales globales. Pero si la gobernanza no acompaña, el riesgo de repetir viejos errores –desigualdad, dependencia y extractivismo sin desarrollo humano– es más que evidente.Desde una mirada geopolítica, África Occidental sigue siendo un tablero estratégico para las grandes potencias. Rusia, China, Estados Unidos y Europa se disputan influencias a través de inversiones, presencia militar o acuerdos comerciales. La región, en lugar de hablar con una sola voz, se presenta fragmentada, sin una estrategia común que defienda los intereses africanos.2026 debe ser más que una hoja en el calendario. Debe ser el año en que África Occidental comience a redefinir su soberanía no solo en lo simbólico, sino en lo real: en la toma de decisiones políticas propias, en la redistribución de su riqueza, en la consolidación de sus democracias y en el control de sus recursos.Porque una región que depende de la minería y la energía sin consolidar el Estado de derecho, es una región que camina en la cuerda floja. Y si la política no acompaña al crecimiento económico, lo que parece un ascenso puede terminar en una caída silenciosa.
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