Dakar, que fue escenario de una histórica transición democrática con la llegada de Bassirou Diomaye Faye a la presidencia, vive ahora los primeros compases de un nuevo tipo de tensión: la convivencia ambigua entre el poder formal y el poder simbólico. En el centro de esta dinámica están Diomaye Faye, presidente legítimo, y Ousmane Sonko, el hombre que movilizó las masas, encarnó la ruptura con el viejo sistema y que, aunque fuera del Palacio, sigue en el corazón del poder.Desde una lectura diplomática y sociológica, Senegal representa hoy un caso inédito de liderazgo compartido en África: un presidente en ejercicio que debe gobernar con el peso político y moral de otro líder, carismático, influyente, pero sin cargo oficial. ¿Es esto sostenible en el tiempo?Sonko, excluido por razones judiciales de la contienda electoral, no ha perdido ni su capacidad de influencia ni su ambición. Su cercanía con el presidente, su rol como mentor político, y su ascendencia sobre el partido, lo convierten en una figura inevitablemente política, incluso sin funciones formales. Faye, por su parte, intenta consolidar su autoridad con serenidad, pero la sombra de Sonko está siempre presente, especialmente en las decisiones estratégicas.El desafío está claro: evitar que esta dualidad derive en conflicto, o peor aún, en parálisis institucional. Senegal necesita gobernabilidad, reformas y una visión clara de futuro. Para ello, debe resolver si esta cohabitación se traduce en una sinergia madura o en un juego de poder que erosione el proyecto político que ambos dijeron encarnar.En un continente donde el personalismo político ha solido triunfar sobre la institucionalidad, Senegal podría marcar un nuevo rumbo… o repetir los errores del pasado.