Las declaraciones públicas no tienen el mismo peso cuando provienen de un entrenador que cuando salen de la boca de un ministro. El primero gestiona un grupo y un proyecto deportivo; el segundo representa al Estado y habla desde una posición de poder institucional. Por eso, en una sociedad regida por jerarquías, autoridad y responsabilidades, no se puede poner ambas voces al mismo nivel.
Cuando el seleccionador Michá afirma: que no somos ni Alemania ni Brasil ,somos una selección pequeña, está describiendo una realidad deportiva con la que se puede estar o no de acuerdo, pero que se enmarca dentro de un análisis técnico y competitivo. Es una frase que, aunque dura, busca contextualizar expectativas.
Sin embargo, cuando el ministerio de Deportes declara: Guinea no va a terminar por asuntos de fútbol, el mensaje es distinto y más abrumador. No solo minimiza el impacto social y simbólico del fútbol, sino que transmite desinterés institucional hacia un deporte que une al país y proyecta su imagen al exterior. Por su cargo, sus palabras no son solo una opinión: son una señal política.
Las dos derrotas recientes de la selección no son una casualidad. Son el reflejo de un problema más profundo. Si se analiza la raíz, aparecen viejos males: desorganización, falta de coordinación y un conflicto permanente entre la FEGUIFUT, el Ministerio de Deportes, la prensa deportiva y los propios protagonistas, que son los jugadores del Nzalang Nacional.