El 0-1 ante Sudán pasó a un segundo plano tras el episodio más surrealista vivido por la selección de Guinea Ecuatorial en esta Copa África Marruecos 2025, el regreso al campo de Emilio Nsue cuando, oficialmente, no debía ni calentarse.
La gravedad del caso va mucho más allá del resultado. Días antes del partido, el parte médico fue categórico; Nsue no estaba apto para competir debido a molestias físicas. El informe fue respaldado por el cuerpo técnico y comunicado públicamente. El capitán quedaba, en teoría, fuera del combate.
Pero el Nzalang, parece regirse por otras leyes, minuto 77. El marcador ya reflejaba el golpe del autogol de Saúl Coco y el equipo caminaba entre la ansiedad y la impotencia. Entonces ocurrió lo impensable: Nsue ingresó al terreno de juego. No como un cambio previsto, sino como un acto que rozó la autogestión deportiva.
La bomba explotó en zona mixta, el delantero decidió entrar a jugar, lejos de heroicidad, destapa una realidad inquietante: la cadena de mando está rota.
Lo sucedido transmite una imagen demoledora, los informes médicos quedan en papel mojado, las decisiones técnicas son reversibles y la autoridad se diluye cuando aparece una figura con peso histórico.
Esta reaparición no engrandece a Nsue. Al contrario, retrata la fragilidad extrema de un cuerpo técnico superado por los acontecimientos, incapaz de imponer criterio y límites. En un vestuario sin jerarquías claras, el liderazgo se convierte en anarquía.
La derrota ante Sudán duele. Pero duele más la sensación de que el Nzalang ha perdido el rumbo, la autoridad y la credibilidad. Guinea Ecuatorial no solo pelea por seguir con vida en la Copa África; pelea por recuperar una dignidad institucional que hoy parece tan lesionada como su fútbol.