La madrugada del 3 de enero de 2026 quedará inscrita como una de las jornadas más extraordinarias y controvertidas de la historia contemporánea de América Latina: el presidente venezolano Nicolás Maduro fue capturado en Caracas por fuerzas estadounidenses y trasladado a Nueva York, donde enfrenta cargos federales en tribunales de Estados Unidos. La operación, calificada por Washington como parte de su lucha contra el narcotráfico y la corrupción, es también un terremoto geopolítico de enorme alcance. Pero si la acción en sí merece examen, lo que sigue expresan la complejidad estratégica del momento: la nueva voz institucional en Venezuela, encarnada por la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Su discurso parece navegar entre la reivindicación de soberanía nacional y una sorprendente apertura a la cooperación con Estados Unidos, una ambivalencia que enciende interrogantes sobre si estamos ante un plan cuidadosamente orquestado en las sombras del poder global. Informes periodísticos especializados indican que la captura de Maduro no fue un acto improvisado. Meses de despliegue militar —incluyendo buques de guerra, misiones de inteligencia e infiltraciones discretas de la CIA— sugieren que se trató de un plan cuidadosamente coordinado por altos mandos de Washington. El presidente Trump, poco después de oficializar la captura, aludió a una operación compleja que contó con múltiples fases de preparación, desde recopilación de inteligencia hasta la infiltración física en territorio venezolano. Estas mismas fuentes señalan que incluso antes de diciembre de 2025, elementos de la inteligencia estadounidense habían estudiado profundamente los hábitos, rutinas y redes de protección de Maduro, preparando el terreno para lo que terminó siendo una incursión nocturna y precisa.La magnitud del despliegue —y la forma en que se ejecutó la operación en pleno corazón del poder venezolano— rompe con cualquier precedente reciente en la región y evoca estrategias de cambio de régimen que Estados Unidos ha practicado en otros momentos de la historia contemporánea. Mientras tanto, Delcy Rodríguez, quien fue designada por el Tribunal Supremo como presidenta interina de Venezuela tras la captura de Maduro, ha lanzado mensajes que navegan en aguas sorprendentemente contradictorias.Por un lado, Rodríguez ha denunciado categóricamente lo ocurrido como un ataque a la soberanía venezolana, calificando la operación de “secuestro” y exigiendo pruebas de vida de Maduro y su esposa. Por otro, ha publicado llamados públicos a “cooperar con Estados Unidos en una agenda de desarrollo compartido”, siempre bajo el marco del respeto al derecho internacional y la convivencia pacífica. La forma en que el presidente Trump habló de la posibilidad de que empresas petroleras estadounidenses participen en la reconstrucción y explotación del país alimenta esa sospecha. La política exterior ya no se limita a conceptos tradicionales de diplomacia o ayuda militar: se cruza con intereses económicos, ambientales, estratégicos y de control de recursos. La combinación de una operación militar inusual, la captura de un jefe de Estado en ejercicio, la ambigua postura de Delcy Rodríguez y el discurso estadounidense de “reconstrucción” con acceso total a recursos estratégicos ha generado un clima de suspenso no solo en Caracas sino en toda América Latina.Mientras países aliados de Venezuela, como China y Rusia, han condenado la acción como una violación flagrante de la ley internacional, otras naciones han expresado inquietudes honestas sobre la legalidad y las consecuencias de este episodio. La Asamblea General de la ONU incluso analiza la operación como un precedente peligroso en términos de soberanía estatal. Este doble discurso —firme en la defensa de la soberanía nacional, pero abierto a la cooperación diplomática con Estados Unidos— podría interpretarse no como incoherencia, sino como una jugada estratégica para sobrevivir políticamente en un ambiente que ha sido totalmente redefinido por la acción estadounidense.La rapidez con que algunos sectores pro‑estadounidenses celebraron la captura de Maduro, así como la forma en que Trump se refirió a “tomar el control temporal de Venezuela”, abren la puerta a otra hipótesis inquietante: ¿no fue acaso esta operación el resultado de una planificación que iba más allá de la simple lucha contra el narcotráfico?Expertos en política internacional han destacado que la narrativa oficial —que la acción obedeció a cargos de narcoterrorismo— encubre otra verdad más compleja: Venezuela es el país con las mayores reservas probadas de petróleo en el mundo, un recurso estratégico en términos globales. Y no solo eso: controlar política y económicamente Caracas —aunque sea de forma transitoria— tiene un impacto geopolítico enorme en un continente donde Estados Unidos ha tratado históricamente de mantener influencia. Más allá de las consignas ideológicas o las tensiones diplomáticas, la escena política actual en Venezuela podría ser interpretada como la materialización de una estrategia geopolítica que fue elaborada con tiempo, recursos y un fin muy claro: desplazar un régimen incómodo para ciertos intereses globales y reorganizar la influencia en una región clave para la energía y el equilibrio estratégico internacional.Delcy Rodríguez, en su postura dual, puede estar interpretando un papel delicado entre la defensa de la soberanía y la supervivencia del Estado —pero también entre las exigencias de actores globales con agendas complejas.El suspense de los próximos meses no solo definirá el futuro de Venezuela, sino que será una prueba de fuego para la arquitectura diplomática del siglo XXI, donde las fronteras, las leyes y los principios de soberanía son puestos a prueba en el campo de juego más incierto: el poder real.
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