En los últimos días, la Casa Blanca ha reavivado un debate que parecía relegado a los mármoles de la historia diplomática: la posible adquisición de Groenlandia. Lo que sorprende no es solo la idea en sí —un concepto que el presidente Donald Trump, con su anterior administración, ya había planteado con anterioridad—, sino el hecho de que el propio Gobierno de Estados Unidos no descarte hoy el uso del Ejército para controlarla.La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, confirmó que Trump y su equipo están analizando “diversas opciones” para hacerse con el control de este vasto territorio autónomo bajo soberanía danesa, y que el recurso de las Fuerzas Armadas figura entre ellas como posibilidad real.La reacción europea no se ha hecho esperar. La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, ha advertido que un ataque estadounidense contra un país aliado —Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca y, por ende, de la OTAN— podría significar el fin de la propia alianza atlántica. Líderes de Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y otros también han sostenido que solo Groenlandia y Dinamarca tienen derecho a decidir su futuro y rechazaron los planes de control externo. Incluso dentro de Estados Unidos, la propuesta ha generado resistencia. Algunos legisladores demócratas han introducido proyectos para evitar cualquier acción militar unilateral que pudiera involucrar al país en una invasión o anexión no autorizada.Este episodio evidencia varias realidades geopolíticas:Primero, la administración Trump —o al menos los sectores más radicales del establishment político estadounidense— está dispuesta a poner sobre la mesa ideas consideradas inaceptables en otros tiempos. El empleo del Ejército como instrumento de expansión o control territorial en pleno siglo XXI viola, de facto, principios básicos de soberanía e integridad territorial acordados al final de la Segunda Guerra Mundial.Groenlandia —con una población estimada en apenas 56.000 habitantes pero con una ubicación estratégica en el Ártico, ricos yacimientos minerales y posiciones clave en las rutas del norte global— ha sido objeto de interés estadounidense desde hace décadas. Sin embargo, el tono de estas declaraciones es distinto. Ya no se habla solamente de “comprar” la isla o establecer bases: se plantea abiertamente la idea de control territorial, incluso por la fuerza.Esta postura se produce en un contexto internacional tenso, apenas días después de la operación militar estadounidense que resultó en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro —una acción que, aunque basada en argumentos de narcoterrorismo, ha marcado una “nueva normalidad” en la proyección del poder de Washington en regiones estratégicas.Segundo, la retórica no parece puramente retórica: la repetida designación de un “enviado especial para Groenlandia” y las incursiones en escenarios tan dispares como Venezuela y el Ártico sugieren que hay una visión estratégica que va más allá de las palabras.Tercero, la diplomacia y el multilateralismo se ponen a prueba. La reacción de la Unión Europea, de los países de la OTAN y de gobiernos afines refleja una preocupación real no solo por la soberanía de Groenlandia, sino por el equilibrio mismo de las alianzas internacionales que han garantizado estabilidad en las últimas décadas.La gran incógnita es si este discurso se quedará en pronunciaciones beligerantes o si hay un diseño estratégico detrás que excede la retórica de campaña electoral y entra en la lógica de una competencia global por recursos, posiciones estratégicas y proyección de poder.En un mundo donde la geopolítica se redefine constantemente, la cuestión de Groenlandia es más que un debate sobre una isla helada: es un termómetro de las tensiones entre soberanía nacional, poder militar y orden internacional. Y por ahora, la respuesta que prevalece en la arena global es una mezcla de alarma, incredulidad y firme defensa de los principios que, hasta ahora, se consideraban intocables.
30