En una escalada preocupante y difícil de justificar, tres carros de combate israelíes abrieron fuego contra una patrulla de la misión de paz de la ONU en el sur del Líbano, compuesta por militares españoles. El ataque, confirmado por fuentes diplomáticas y militares, no causó víctimas mortales, pero sí ha encendido todas las alarmas en la comunidad internacional y ha colocado a España en una posición delicada en el tablero de la política exterior.Este acto, que viola de manera directa las normas del Derecho Internacional Humanitario y el mandato de la FINUL (Fuerza Interina de las Naciones Unidas en el Líbano), es una provocación grave contra una misión cuyo único objetivo es garantizar la estabilidad y la contención de un conflicto que amenaza con desbordarse más allá de las fronteras. Las tropas españolas, lejos de tener funciones ofensivas, se limitan a patrullajes de supervisión y apoyo humanitario en una zona históricamente tensa.Que un aliado tradicional de Occidente como Israel ataque a soldados de paz enviados por otro Estado miembro de la OTAN no es un mero error operacional: es un mensaje. Un mensaje que desafía los límites de la impunidad y que obliga a repensar la coherencia de la comunidad internacional ante las agresiones disfrazadas de autodefensa.España debe exigir explicaciones claras, asumir una posición firme y no permitir que se normalicen este tipo de acciones. No es la primera vez que fuerzas de la ONU resultan afectadas por los excesos militares de Israel en la región, pero sí es una ocasión para no mirar hacia otro lado. La diplomacia no puede seguir siendo rehén del doble rasero. La defensa de la paz exige más que condenas tibias o silencios cómplices.Hoy más que nunca, proteger a quienes protegen la paz es un imperativo ético, político y humano.
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