Las palabras importan, especialmente cuando proceden del presidente de Estados Unidos y se pronuncian en un escenario como el Foro Económico Mundial de Davos. Al describir Groenlandia como un simple “pedazo de hielo” que “solo EE. UU. puede defender”, Donald Trump no solo simplifica una realidad compleja, sino que reactiva una lógica de poder que creíamos superada: la de los territorios como objetos estratégicos apropiables.Aunque el mandatario estadounidense haya descartado —por ahora— una acción militar directa y se muestre dispuesto a negociar, su discurso deja entrever una concepción unilateral de la seguridad internacional. Groenlandia no es un espacio vacío ni un tablero sin actores: pertenece al Reino de Dinamarca, cuenta con población propia y forma parte de un delicado equilibrio geopolítico en el Ártico, una región cada vez más codiciada por sus recursos y su valor estratégico en un mundo marcado por el cambio climático.La reacción francesa no se ha hecho esperar. París ha solicitado un ejercicio militar de la OTAN en la isla y ha expresado su disposición a implicarse, enviando un mensaje claro: Europa no está dispuesta a aceptar que el futuro del Ártico se decida al margen de sus aliados ni bajo la lógica del más fuerte.Esta postura refleja una creciente preocupación en el seno europeo ante el retorno de discursos imperialistas disfrazados de pragmatismo defensivo.El caso de Groenlandia revela una tensión más profunda: la fragilidad del multilateralismo frente al resurgir de los nacionalismos estratégicos. Cuando se normaliza la idea de que un territorio puede “pertenecer” a quien mejor lo defienda, se erosiona el derecho internacional y se legitima una política de hechos consumados que ha provocado algunos de los conflictos más graves de la historia reciente.Más allá del hielo y de los mapas, lo que está en juego es el modelo de gobernanza global. Davos, símbolo del diálogo económico y político, se convierte así en escenario de una paradoja inquietante: mientras se habla de cooperación y sostenibilidad, resurgen discursos que reducen la geopolítica a una lucha de fuerza y dominación. Groenlandia no es solo un territorio ártico; es una prueba de hasta qué punto el mundo está dispuesto —o no— a defender las reglas que dice compartir.
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