El cambio de discurso de Donald Trump respecto a María Corina Machado no parece responder a una convicción democrática, sino a una lógica de conveniencia. Tras haberla marginado de su estrategia para Venezuela, ahora la presenta como una figura clave, incluso evocando el respaldo de una Nobel de la Paz.Este giro no es aislado: forma parte de una política exterior personalista, donde los principios fluctúan según el momento político y la utilidad electoral. Venezuela, una vez más, aparece menos como una nación con una crisis profunda y más como una ficha en el tablero de la política estadounidense.El problema de fondo es que estas maniobras rara vez benefician a los venezolanos. La instrumentalización de figuras opositoras desde el exterior tiende a debilitar procesos internos y a reforzar narrativas de injerencia que el propio régimen utiliza para perpetuarse.Cuando la política internacional se construye desde el cálculo y no desde el compromiso real con la democracia, las consecuencias suelen ser frustración, desgaste y más polarización.