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CEMAC: Entre la estabilidad monetaria y los desafíos estructurales, ¿ha avanzado realmente la integración económica regional?

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Cuando se observa el panorama de la Comunidad Económica y Monetaria de África Central (CEMAC) desde 2020 hasta hoy, emerge una historia compleja de recuperación tras la pandemia, fragilidades estructurales persistentes y tensiones entre apertura económica, estabilidad monetaria y soberanía regional. La reciente cumbre extraordinaria en Brazzaville —donde la estabilidad del franco CFA ocupó un lugar central— es a la vez síntoma y espejo de los retos subyacentes que enfrenta la subregión.

En los años inmediatamente posteriores a la pandemia, las economías de la CEMAC mostraron señales de reactivación, pero los ritmos de crecimiento han sido modestos y volátiles. Tras la contracción global de 2020, la región logró crecer alrededor del 3% en 2022, impulsada por el alza en precios del petróleo y cierta recuperación de la actividad no petrolera.
Sin embargo, esa tendencia se atenuó en 2023, con el crecimiento agregado estimado en torno al 2,0–2,2%, reflejo de la caída en la producción y en los precios de los hidrocarburos que afectan a varios miembros clave de la CEMAC.
En 2024, los datos apuntan a un repunte moderado, con tasas de expansión que oscilaron entre 2,6% y 3,3%, dependiendo de la fuente y de los métodos de cálculo. Las proyecciones para 2025 sitúan el crecimiento en torno a 2,8–3,0%, con expectativas de mejora en los sectores no petroleros, aunque la dependencia de las exportaciones de recursos sigue siendo evidente.
La comparación con bloques vecinos, como la UEMOA (Unión Económica y Monetaria de África Occidental), muestra que la CEMAC ha quedado rezagada en términos de expansión económica sostenida.

Un logro destacable de la última fase ha sido la moderación de la inflación. Tras picos por encima del 5% en 2023, los promedios subregionales han descendido hacia niveles cercanos o por debajo del 3% en 2025, lo que constituye un avance importante hacia los criterios de convergencia económica comunitarios.
No obstante, la acumulación de reservas de divisas ha sido irregular, y en algunos años ha mostrado retrocesos que dificultan la cobertura de importaciones y condicionan la estabilidad del franco CFA. Este punto alimenta el debate político: para muchos líderes, como el presidente de Gabón en Brazzaville, la moneda común es una barrera frente a los choques externos y un ancla de credibilidad financiera.

Aunque el discurso oficial ha subrayado avances en disciplina fiscal y reformas estructurales, los indicadores fiscales cuentan otra historia más matizada. La posición fiscal subregional se ha deteriorado en años recientes debido a menores ingresos por petróleo y mayores presiones sobre el gasto público, con un déficit promedio que ronda niveles preocupantes.
Los países mantienen altos niveles de deuda pública —por encima del 70% del PIB en casos como Gabón o Congo— y presentan estructuras productivas poco diversificadas, lo que limita la resiliencia económica y la creación de empleo formal.

Más allá de las cifras macroeconómicas, persisten desafíos sociales profundos. Un porcentaje significativo de la población vive en condiciones de pobreza extrema, y gran parte del empleo generado es informal y de baja productividad. Esto tiene implicaciones políticas directas: la legitimidad de los gobernantes se vincula cada vez más a la capacidad de traducir crecimiento económico en mejoras tangibles en servicios públicos, empleo y seguridad alimentaria.

En términos geopolíticos, la CEMAC navega entre presiones externas —como la fluctuación de los mercados de materias primas y las condiciones de financiamiento internacional— y la necesidad de afirmar una voz colectiva en África y en foros multilaterales. La estabilidad del franco CFA, sostenida por un marco monetario ligado al euro, es vista por algunos como una puerta de entrada a la estabilidad financiera, pero por otros como una posible limitación a la autonomía de políticas económicas adaptadas a realidades locales.

Desde 2020 hasta hoy, la CEMAC ha mostrado avances moderados pero insuficientes para afrontar sus desafíos estructurales. La estabilidad monetaria es un activo valioso, pero su potencial dependerá cada vez más de reformas internas que impulsen la diversificación productiva, amplíen la base fiscal y fortalezcan la cohesión social.

La cumbre de Brazzaville, con su énfasis en la disciplina presupuestaria y la repatriación de ingresos, señala un reconocimiento de estos desafíos. Sin embargo, el verdadero éxito de la integración regional se medirá no solo en términos de crecimiento del PIB, sino en la capacidad de transformar esa expansión en bienestar sostenible y resiliencia frente a las volatilidades globales.

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