La anunciada reforma profunda para levantar al Nzalang Nacional no es simplemente una decisión deportiva. Es, en el fondo, un movimiento político y social que vuelve a colocar al fútbol en el centro del debate nacional en Guinea Ecuatorial. Cuando el balón deja de rodar bien, no solo pierde un equipo: se resiente un símbolo colectivo.La reciente actuación en la Copa Africana de Naciones 2025, celebrada en Marruecos, ha servido como detonante. Pero la pregunta de fondo es más compleja: ¿se trata únicamente de un problema técnico o estamos ante una crisis estructural que refleja tensiones más profundas del país?En África, y particularmente en Guinea Ecuatorial, la selección nacional no es solo un combinado deportivo. Es identidad, es orgullo y es narrativa nacional. Cada victoria del Nzalang ha sido celebrada como una reafirmación del proyecto país; cada derrota, en cambio, se vive como una herida colectiva.Que el impulso reformista haya surgido desde las más altas instancias del poder, con la implicación directa del vicepresidente Teodoro Nguema Obiang Mangue, demuestra hasta qué punto el fútbol se percibe como asunto de Estado. La exigencia de resultados no es solo deportiva: es política. La selección proyecta imagen exterior y cohesiona interiormente.Sin embargo, cuando el poder político interviene con fuerza en el ámbito deportivo, surge un debate inevitable: ¿hasta qué punto la reforma será técnica y estructural, y no simplemente reactiva y coyuntural?Se habla de relevo generacional, de dar paso a nuevos talentos, de asumir que un ciclo ha terminado. Pero cambiar jugadores no siempre significa transformar un sistema.El verdadero desafío está en la base: la liga local, la formación juvenil, la transparencia institucional y la profesionalización de la Federación Ecuatoguineana de Fútbol. Sin una estructura sólida, cualquier renovación será superficial.El fútbol nacional ha vivido históricamente momentos de euforia y periodos de desilusión. Lo que falta no es talento —que lo hay— sino continuidad en la planificación, inversión estratégica y autonomía técnica. Reformar no puede limitarse a buscar responsables inmediatos; debe significar construir cimientos duraderosEn un país donde gran parte de la población es joven, el deporte representa una vía de movilidad social, disciplina y cohesión. Cuando el Nzalang brilla, miles de jóvenes sueñan. Cuando fracasa, no solo se apaga una ilusión deportiva, también se debilita un referente.Por eso la reforma debería ir más allá del alto rendimiento y apostar por academias, infraestructuras regionales y torneos escolares. El fútbol puede ser política pública en su mejor versión: inclusión, oportunidad y orgullo compartido.Toda reforma profunda exige transparencia. La ciudadanía necesita saber qué se cambiará, cómo se hará y con qué recursos. Sin claridad, la iniciativa corre el riesgo de percibirse como una respuesta emocional ante una derrota.El Nzalang Nacional no necesita únicamente nuevos nombres en la convocatoria. Necesita una visión estratégica que lo convierta en un proyecto nacional sostenido en el tiempo. Un equipo que represente no solo el poder del Estado, sino la diversidad, el esfuerzo y la resiliencia de su pueblo.Porque al final, levantar al Nzalang no es solo ganar partidos. Es reconstruir confianza. Y esa, más que cualquier trofeo, es la verdadera victoria que el país necesita.
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