Home ActualidadSociedad *La trampa de la visibilidad selectiva: cuando la negritud solo interesa para hablar de racismo*

*La trampa de la visibilidad selectiva: cuando la negritud solo interesa para hablar de racismo*

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En España y en buena parte de Europa, la presencia de mujeres y hombres negros en los platós de televisión parece responder a un patrón predecible: se les invita cuando el tema es racismo, migración, discriminación o diversidad. Es decir, cuando su identidad puede ser convertida en argumento. Pero rara vez se les convoca para hablar de economía, geopolítica, literatura, innovación tecnológica o políticas públicas generales. La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿estamos ante inclusión real o ante una visibilidad condicionada?

La representación mediática no es un asunto menor. Los medios no solo informan; construyen imaginarios. Deciden quién puede opinar sobre qué. Y cuando sistemáticamente se asocia a las personas negras con el debate racial, se les encierra simbólicamente en un único rol: el de testigo del agravio o portavoz del conflicto. Es una forma sofisticada de limitación. No se les silencia del todo, pero se les asigna un territorio temático del que resulta difícil salir.

Este fenómeno responde a lo que en análisis sociopolítico se denomina tokenismo: incorporar una figura diversa para legitimar una narrativa, sin alterar las estructuras profundas de poder. El plató se vuelve aparentemente plural, pero el reparto real de autoridad intelectual permanece intacto. La diversidad se convierte en escenografía.

El problema no es que mujeres y hombres negros hablen de racismo; es evidente que su experiencia es fundamental para comprenderlo. El problema surge cuando ese es el único espacio que se les reconoce. Cuando no se les percibe como analistas políticos, juristas, economistas, catedráticos o expertos en seguridad internacional. Cuando su presencia está vinculada a su piel antes que a su currículum.

En el fondo, esta práctica revela una contradicción europea: se reivindica la igualdad como valor democrático central, pero se mantiene una jerarquía implícita en la producción de opinión pública. Se normaliza que ciertas voces sean universales y otras identitarias. Las primeras hablan de “temas de país”; las segundas, de “sus temas”.

Esta dinámica tiene consecuencias. Refuerza la idea de que la ciudadanía plena sigue teniendo un rostro determinado. Limita las aspiraciones de nuevas generaciones que no se ven representadas en todos los ámbitos del debate público. Y, sobre todo, perpetúa la idea de que la diversidad es un asunto periférico y no estructural.

Una democracia madura no mide su pluralismo por la cantidad de veces que habla de racismo, sino por la naturalidad con la que integra a todos sus ciudadanos en la conversación pública cotidiana. La verdadera inclusión no consiste en invitar a una persona negra cuando hay polémica racial; consiste en que su presencia no necesite justificación temática.

Europa enfrenta hoy desafíos complejos: crisis económicas, tensiones geopolíticas, transformación digital, debates sobre identidad y cohesión social. En ese escenario, reducir la voz negra a una sola dimensión es empobrecer el debate colectivo. La pluralidad no es una concesión moral; es una necesidad política.

Si la televisión y los espacios de opinión quieren estar a la altura de las sociedades que dicen representar, deben abandonar la lógica de la visibilidad selectiva. Porque la igualdad no se demuestra con invitaciones ocasionales, sino con participación estructural. Y mientras la presencia negra en los medios siga dependiendo del tema del día, la inclusión seguirá siendo más decorativa que democrática.

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