*Seguridad vial y coherencia institucional: cuando la norma necesita territorio*

La seguridad vial no es un asunto menor. No es una simple cuestión de multas, chalecos reflectantes o documentos plastificados. Es, en esencia, una política de protección de la vida. Cada norma que regula la circulación tiene detrás una estadística silenciosa: accidentes evitables, familias rotas, costes sanitarios y económicos que pesan sobre el conjunto de la sociedad.

Sin embargo, cuando la política vial se mueve en un terreno de tensiones institucionales, el debate deja de ser puramente técnico para convertirse en sociopolítico.

La controversia en torno a la exigencia del seguro obligatorio de vehículos, impulsada desde la Dirección General de Tráfico bajo la responsabilidad de Francisco Mesie Obama Afang, mientras el Parlamento advertía que el país aún no disponía de talleres ni de condiciones técnicas para su implementación inmediata, ha puesto en evidencia una cuestión de fondo: la distancia que a veces existe entre la norma escrita y la realidad material.

Desde el punto de vista de la seguridad vial, el seguro obligatorio no es un capricho recaudatorio. Es un instrumento de protección colectiva. Garantiza que, ante un accidente, exista cobertura para víctimas y daños. En sociedades con alta siniestralidad, su implementación suele estar asociada a la reducción de litigios, a la agilización de indemnizaciones y a la formalización del parque automotor.

Pero el derecho no vive en el vacío. Una medida de este tipo exige infraestructura: talleres certificados, aseguradoras operativas, mecanismos de verificación técnica, información clara a la ciudadanía. Si el Parlamento señalaba que esas condiciones aún no estaban consolidadas, el problema no era la filosofía de la norma, sino su viabilidad inmediata.

Aquí emerge la dimensión sociopolítica.Cuando el ciudadano percibe que una institución exige lo que otra considera prematuro, se instala la confusión. Y la confusión debilita la autoridad legítima. La seguridad vial necesita obediencia consciente, no cumplimiento forzado por incertidumbre. Necesita pedagogía pública, no contradicción de mensajes.

En países en proceso de modernización institucional, como el nuestro, la coherencia entre poderes es una condición de estabilidad social. El Parlamento representa la deliberación política; la administración ejecuta. Si la ejecución se adelanta al consenso sobre la capacidad real del país para cumplir la norma, el riesgo no es solo jurídico, sino también social: aumenta la percepción de arbitrariedad.

La seguridad vial, además, tiene una dimensión cultural. No se construye únicamente con decretos, sino con confianza. Un conductor que entiende por qué se le exige un seguro y tiene acceso real a contratarlo cumple con mayor convicción que aquel que lo percibe como imposición desconectada de su realidad económica.

El debate actual ofrece una oportunidad.

Primero, para fortalecer la coordinación institucional y evitar que las políticas públicas se desarrollen en tiempos distintos.Segundo, para diseñar una implementación gradual y realista de las reformas viales.Y tercero, para situar la seguridad vial en el centro de una estrategia más amplia de responsabilidad ciudadana.Porque el verdadero desafío no es decidir si se exige o no un documento. El desafío es construir un sistema donde la norma sea posible, accesible y coherente con las condiciones del país.

La seguridad vial salva vidas. Pero la coherencia institucional salva la confianza. Y sin confianza, ninguna política pública —por justa que sea— logra consolidarse plenamente.

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