Home DeportesFutbol *El día en que el fútbol dejó de ser verdad*

*El día en que el fútbol dejó de ser verdad*

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Hay un instante —breve, casi imperceptible— en el que el fútbol deja de ser juego y se convierte en relato. Y todo relato, cuando se manipula, deja de ser verdad.

La reciente decisión de la Confederación Africana de Fútbol (CAF) sobre la final de la Copa Africana de Naciones no es solo una resolución administrativa: es una grieta. Una grieta en la memoria, en la lógica, en la fe casi ingenua que el aficionado deposita en noventa minutos de incertidumbre.

Porque el fútbol —como la vida en las páginas de Kapuściński— siempre ha estado rodeado de caos. Ha habido abandonos, sí. Ha habido gestos de ruptura, decisiones impulsivas, momentos donde la tensión rompe el hilo del juego.

La selección chilena se retiró en el Maracaná envuelta en una ficción trágica; FC Barcelona decidió no jugar cuando las normas le asfixiaban más que el rival; River Plate y Boca Juniors han habitado partidos donde el fútbol se disolvía entre humo, gritos y violencia.

Y, sin embargo, el mundo siguió girando con una certeza: el campo dicta sentencia, y las instituciones castigan, pero no reescriben la historia.

Hoy esa certeza se tambalea.

Se ha puesto el foco sobre la reacción de la selección senegalesa de fútbol—su retirada momentánea, su protesta, su gesto— como si el fútbol fuera un acto aislado, limpio, sin contexto. Pero el fútbol nunca es limpio. Es un tejido de presiones, de miradas, de pulsos invisibles. Y en ese tejido, el comportamiento de la Morocco national football team y de su entorno no fue precisamente el de un templo del fair play. Hubo tensión, hubo provocación, hubo un clima que empujaba más hacia el conflicto que hacia la calma.

Pero la historia, cuando la escriben los despachos, tiende a simplificarse.

Un culpable. Un castigo. Un nuevo campeón.

Así de fácil. Así de inquietante.

Unamuno habría hablado aquí de intrahistoria: de esa verdad silenciosa que no aparece en los documentos oficiales pero que todos perciben. Porque el aficionado —ese que no redacta resoluciones— sabe que algo no encaja. Sabe que el fútbol, en su esencia, no admite revisiones tardías que alteren su destino.

Góngora, si mirara este episodio, quizá lo envolvería en metáforas de oro y sombra: un trofeo que brilla más en la vitrina que en la memoria, una victoria que pesa más por la duda que por el mérito. Y en esa tensión entre apariencia y verdad se instala la incomodidad.

La Confederación Africana de Fútbol ha cruzado una frontera peligrosa:la de convertir el resultado en una hipótesis. Porque si el campeón puede decidirse después, entonces el partido deja de ser un desenlace y se convierte en un borrador.

Y el fútbol no está hecho para ser corregido

.Está hecho para ser vivido, sufrido, celebrado… o perdido.

África —con su historia, sus heridas y su inmensa pasión futbolística— no necesita instituciones que duden de su propio juego. Necesita reglas claras, firmes, casi sagradas. Porque en muchos lugares, el fútbol no es solo deporte: es una forma de creer en algo común.

Cuando esa creencia se rompe, no hay trofeo que la repare.Y entonces ocurre lo más grave: el aficionado deja de preguntarse quién ganó… y empieza a preguntarse si todo fue verdad.

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