*La verdad de los misiles y las razones de la guerra: cuando la inteligencia se pliega al relato*

Por la Redacción de Ekos Noticias || Opinión_

El testimonio brindado esta semana ante el Comité de Inteligencia del Senado por las dos más altas funcionarias de inteligencia de Estados Unidos —Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, y John Ratcliffe, director de la CIA— no debería ser visto como un mero tecnicismo burocrático. Es, por el contrario, una ventana abierta a la fragilidad de los procesos de toma de decisiones en la política exterior estadounidense, y una confirmación inquietante de cómo la verdad técnica puede quedar subordinada al relato político.

Ambas funcionarias reiteraron una conclusión que la comunidad de inteligencia había sostenido durante años: Irán estaba a años de desarrollar misiles balísticos intercontinentales capaces de alcanzar suelo estadounidense. Incluso cuando fueron presionadas sobre un escenario de seis meses, se negaron a validar la noción de una amenaza inminente. La propia Gabbard situó cualquier posible desarrollo relevante después de 2035.

Lo notable no es la evaluación en sí, sino su contexto. Estas declaraciones contradicen directamente una de las justificaciones públicas que el gobierno de Donald Trump había esgrimido para legitimar sus ataques contra Irán. En el arte de la guerra moderna, la construcción de la amenaza es tan crucial como la capacidad militar. Y aquí, la administración parece haber operado bajo una lógica inversa: primero se decidió la acción militar, y luego se buscó la justificación.

Desde una perspectiva sociopolítica, este desajuste entre la inteligencia técnica y el discurso oficial tiene profundas implicaciones internas. Socava la confianza en las instituciones que, en teoría, deberían operar al margen de la coyuntura política. La negativa de Gabbard a calificar la amenaza como “inminente”, y su declaración de que esa determinación “depende exclusivamente de la discreción del presidente”, es una confesión velada de que la línea entre el análisis objetivo y la voluntad ejecutiva se ha desdibujado por completo.

En el plano geopolítico, este episodio envía señales peligrosas tanto a aliados como a adversarios. Para los socios europeos y los países del Golfo, la imagen de una Casa Blanca dispuesta a obviar sus propios servicios de inteligencia para justificar una escalada militar alimenta la percepción de imprevisibilidad estratégica. Para Teherán, la situación es doblemente reveladora: confirma que, bajo ciertas administraciones, la inteligencia estadounidense puede ser un factor secundario en la decisión de ir a la guerra, y refuerza la narrativa del régimen de que las negociaciones diplomáticas carecen de valor cuando el adversario no se sujeta a sus propios hechos.

La dimensión geoestratégica es quizás la más preocupante. Estados Unidos ha construido su poder global, en buena medida, sobre la credibilidad de sus evaluaciones de inteligencia. Cuando ese pilar se percibe como maleable —un recurso a utilizar o ignorar según las necesidades políticas inmediatas—, se erosiona un activo estratégico intangible pero fundamental. La disuasión, la formación de coaliciones y la capacidad de establecer reglas de juego en el orden internacional dependen de que los aliados y adversarios crean que las acciones de Washington responden a una lectura compartida de la realidad, no a impulsos tácticos.

El testimonio de Gabbard y Ratcliffe no es, en sí mismo, una revelación sobre las capacidades iraníes. Es, más bien, un espejo de las tensiones internas de un sistema que, en momentos críticos, parece haber desaprendido la lección más básica de la política exterior: la credibilidad no se recupera con una declaración ante el Senado, sino con la coherencia sostenida entre la palabra, la inteligencia y la acción.

Queda la incógnita de si este capítulo servirá como advertencia o como precedente. En un contexto de polarización creciente y de erosión de los controles institucionales, la diferencia entre una amenaza real y una amenaza construida puede terminar siendo, para los ciudadanos y para el mundo, indistinguible hasta que sea demasiado tarde.

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