«Sinodalidad en tierra fértil: Cuando la Iglesia africana habla desde sus raíces»

Por Ekos Noticias. Desde Malabo

La publicación simultánea, este martes 24 de marzo de 2026, del Informe Final del Grupo de Estudio N.º 2 sobre “Escuchar el clamor de los pobres y de la tierra” y del documento del SECAM sobre “El desafío pastoral de la poligamia” no es una mera coincidencia editorial. Para quienes observamos el devenir de la Iglesia desde el continente africano, estos textos representan dos caras de una misma moneda: la madurez de una Iglesia que ha dejado de ser “importada” para convertirse en intérprete auténtica del Evangelio desde el crisol de su cultura, sus heridas y sus esperanzas.

Un clamor que es uno solo

El Grupo de Estudio N.º 2 nos recuerda algo que en África se respira en el aire: no es posible separar la justicia social de la ecología. En nuestras comunidades rurales, la explotación de los recursos naturales —el coltán, el oro, la madera— no es un asunto abstracto de política internacional; es la razón por la que un padre de familia ya no puede sembrar en la tierra que habitaban sus abuelos, o por la que una madre ve cómo el río que daba vida se convierte en un vertedero tóxico.

El informe acierta al tratar la pobreza y la crisis medioambiental como una única herida. Desde una perspectiva pastoral, esto nos obliga a dejar de lado la tentación de un espiritualismo evasivo. No podemos anunciar la resurrección mientras la creación —el “suelo” que Dios nos regaló— gime bajo el peso de la codicia. En un continente donde la tierra no es solo un factor de producción, sino el altar de la alianza con los antepasados y el vientre de la comunidad, escuchar su clamor es un acto profundamente espiritual.

La poligamia: el desafío de la ternura pastoral

Por otro lado, el documento de la SECAM aborda con valentía un tema que durante décadas se trató en susurros o desde el juicio lejano: la poligamia. Mientras que en otras latitudes el debate eclesial se centra en cuestiones de estructura o lenguaje inclusivo, en África la realidad pastoral choca a diario con hogares donde el modelo de familia monógamo occidental no es la norma cultural.

La Iglesia en África no está diciendo con este documento que “bendice” la poligamia. Eso sería una lectura simplista. Lo que está haciendo, en un auténtico ejercicio de sinodalidad, es dejar de mirar a estas familias desde la puerta del templo para entrar en sus casas con la misericordia de Cristo. Se trata de un cambio de paradigma: pasar de una pastoral que excluye a los fieles que viven en situación polígama a una pastoral que los acompaña, que bautiza a sus hijos, que los reconoce como miembros de la comunidad, mientras se les acompaña en un camino gradual hacia la plenitud del designio cristiano.

El documento refleja el “sentido de la fe” (sensus fidei) del pueblo africano: la convicción de que el Evangelio no viene a destruir la cultura, sino a elevarla y purificarla. Es el mismo principio que guió la inculturación de la liturgía o el valor de las asambleas comunitarias.

Una Iglesia que escucha para sanar

Lo que estos dos documentos tienen en común es un método: la escucha. Escuchar a los pobres, que no solo piden pan, sino justicia y respeto por su hábitat. Escuchar a los que viven en realidades familiares complejas, en lugar de etiquetarlos como “irregulares”.

Para el contexto africano, esto es profundamente significativo. Vivimos en un continente de “periferias existenciales”. La Iglesia que nace del Sínodo —ese camino que se inició hace años— está demostrando aquí que no tiene miedo de entrar en el terreno pantanoso de las dificultades reales. No se refugia en discursos dogmáticos desencarnados, sino que busca ser “hospital de campaña”.

El desafío pastoral de la poligamia y el clamor de la tierra y los pobres nos obligan a desarrollar una teología con acento propio. Si la Iglesia universal quiere ser realmente sinodal, debe acoger la contribución de África: esa capacidad de integrar la vida, la familia, la naturaleza y la fe en una sola armonía.

La publicación de estos informes no es el punto final, sino el comienzo de una etapa de recepción. La pregunta que queda flotando en el ambiente eclesial africano es: ¿cómo traducimos estas reflexiones en la vida cotidiana de las parroquias? ¿Cómo formamos a los sacerdotes para que sean capaces de acompañar espiritualmente a un hombre que tiene dos esposas y desea acercarse a la Eucaristía? ¿Cómo denunciamos, como profetas, a las multinacionales que devastan la tierra, sin temor a represalias?

Hoy, la Iglesia en África celebra que su voz, arraigada en el sufrimiento de los pobres y en la sabiduría de sus tradiciones, ha sido no solo escuchada en Roma, sino puesta como luz en el candelero para toda la Iglesia universal. Que estos documentos no se queden en los archivos, sino que se conviertan en la savia que alimente una misión más auténtica: la de un pueblo que camina junto a Cristo, con los pies en su tierra y el corazón abierto al Reino.

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