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*Senegal: cuando la cohabitación empieza en casa*

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El ajedrez político senegalés acaba de presenciar una jugada tan inesperada como reveladora. Ousmane Sonko, destituido como primer ministro hace apenas unos días por el presidente Bassirou Diomaye Faye, ha sido elegido este martes presidente de la Asamblea Nacional. Ambos pertenecen al mismo partido, el PASTEF, y hasta hace poco compartían trinchera. Pero en política, a veces la fractura más profunda no separa a adversarios, sino a antiguos compañeros de viaje.

Desde una mirada institucional, lo ocurrido en Dakar no es una anécdota. Es la consolidación de un nuevo equilibrio de poderes dentro del propio bloque gobernante. Sonko, al obtener 132 votos de los 133 emitidos por su bancada, demuestra que su liderazgo parlamentario sigue intacto. Y eso, en un sistema presidencialista como el senegalés, transforma la Asamblea en un contrapeso real, no en un mero sello de goma. El propio Sonko lo ha anticipado: el Parlamento no será un «notario del Ejecutivo».

Pero el fondo del asunto es más complejo y remite a tensiones sociopolíticas estructurales. Por un lado, está la figura de Sonko como líder del nacionalismo soberanista, una corriente que conecta con las clases populares urbanas y la juventud descontenta con el modelo económico heredado. Por otro, Faye, también surgido del mismo movimiento, ha optado por un pragmatismo institucional —negociaciones con el FMI, gestión de una deuda que roza el 132% del PIB— que choca con el discurso rupturista de su ex primer ministro.

Esta «cohabitación interna» es inédita en África occidental. No hay dos partidos enfrentados, sino dos concepciones del poder dentro de un mismo espacio político. Una más institucional y presidencialista (la de Faye), otra más asambleísta y movilizadora (la de Sonko). Y ambas se disputan la dirección ideológica y económica del país, pero también el relato sobre lo que significa realmente «romper con el pasado».

Desde el punto de vista sociológico, Sonko encarna un malestar que trasciende las élites. Su base social no es la de los cuadros técnicos del PASTEF, sino la de los jóvenes que tomaron las calles en 2021 y 2023 contra la justicia y el establishment. Por eso, su desembarco en la presidencia de la Asamblea puede leerse como una señal: el soberanismo no se retira, se replega en el Legislativo para vigilar al Ejecutivo.

La oposición, mientras tanto, ha calificado la operación de «golpe institucional». Es comprensible: ven cómo el partido oficialista se reorganiza internamente sin necesidad de ellos. Pero el verdadero riesgo para la democracia senegalesa no es que dos líderes del mismo signo discrepen. Es que esas discrepancias terminen paralizando la acción del Estado o degeneren en una confrontación abierta entre los dos poderes constitucionales.

Por ahora, Senegal se ha convertido en un laboratorio político fascinante: ¿puede un movimiento hegemónico gestionar su propia división interna sin romperse ni caer en el autoritarismo? La respuesta está en manos de Faye y Sonko. Y en las calles de Dakar, siempre atentas a lo que sus líderes hacen, pero sobre todo a lo que dejan de hacer juntos.

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