La reciente preocupación expresada por la Autoridad de Aviación Civil ecuatoguineana ante la aerolínea Air France no es solo un reclamo logístico: es, sobre todo, una llamada de atención al trato que merecen los pasajeros, vengan de donde vengan. El incidente que afectó a varios viajeros el pasado 7 de enero, cuando un vuelo decidió no aterrizar en Malabo y dejó en incertidumbre a decenas de personas, expone un malestar profundo en la relación entre grandes aerolíneas y sus rutas africanas.El gesto del gobierno ecuatoguineano —al convocar oficialmente a los representantes de Air France— es también simbólico. Representa el inicio de una actitud más firme frente a prácticas que, en otras latitudes, serían inaceptables. No es solo que se haya suspendido un aterrizaje; es que los afectados fueron tratados sin la mínima consideración, sin explicaciones suficientes, sin un respaldo inmediato. ¿Por qué se normaliza en África lo que en París o Madrid sería motivo de escándalo?La respuesta de Air France, apuntando a las condiciones climáticas en Europa, puede ser entendible desde el punto de vista operativo. Pero no excusa el abandono comunicativo, ni la falta de soluciones dignas en tiempo real para los pasajeros que confiaron en sus servicios.Reflexionar sobre este incidente es preguntarnos si los derechos del pasajero africano son respetados con la misma seriedad que en otros continentes. Es también exigir una aviación más ética, más humana, y menos complaciente con el desorden institucionalizado.Lo sucedido debe abrir una discusión más amplia: sobre soberanía aeroportuaria, sobre igualdad de trato, y sobre la necesidad de reforzar mecanismos de defensa para los usuarios del transporte aéreo en África. Porque volar no es solo un acto técnico: también es un derecho a la dignidad.
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