La forma en que una ciudad gestiona sus residuos suele decir más sobre su modelo de desarrollo que cualquier discurso institucional. La limpieza de sus calles, el tratamiento de la basura y la preservación del entorno no solo responden a una cuestión estética o sanitaria, sino que reflejan la capacidad de planificación, coordinación y responsabilidad colectiva de sus autoridades y de la propia sociedad.En este contexto, la reciente reunión del Gobierno con la empresa Golden Swan para estudiar la explotación de las plantas de tratamiento de residuos de Malabo y Bata se presenta como un paso relevante dentro de los esfuerzos por mejorar la gestión medioambiental en las dos principales urbes del país. La posibilidad de rehabilitar infraestructuras existentes y proyectar nuevos centros de tratamiento abre una ventana de oportunidades que va más allá de la simple recogida de desechos.El informe técnico expuesto durante el encuentro ha puesto de manifiesto el deterioro de las instalaciones actuales: falta de mantenimiento, sistemas eléctricos inoperativos y maquinaria que ha quedado obsoleta con el paso del tiempo. Más que buscar responsables, estos datos invitan a una reflexión serena sobre la necesidad de fortalecer la cultura del cuidado y la sostenibilidad en la gestión pública. Las infraestructuras, por sí solas, no garantizan resultados si no se acompañan de seguimiento técnico, inversión constante y planificación a largo plazo.En ciudades como Malabo y Bata, donde el crecimiento demográfico y urbano ha sido acelerado, la generación de residuos aumenta cada año. Esta realidad obliga a pensar la gestión ambiental como un asunto estratégico. No se trata únicamente de retirar basura de las calles, sino de proteger la salud pública, prevenir focos de contaminación, evitar inundaciones por drenajes obstruidos y preservar la imagen urbana de los espacios donde convive la ciudadanía.Desde una perspectiva ambiental, la valorización de residuos puede contribuir de manera significativa a la protección de ecosistemas frágiles, ríos y zonas costeras. Desde el punto de vista social, un sistema eficiente reduce riesgos sanitarios y mejora la calidad de vida, especialmente en los barrios más vulnerables. Y, en términos económicos, el reciclaje y el tratamiento moderno de desechos abren la puerta a la creación de empleo, a nuevas actividades productivas y a una economía circular capaz de transformar lo que antes era un problema en un recurso.La propuesta de Golden Swan, que contempla centros con mayor capacidad operativa y tecnologías más avanzadas, podría representar un avance importante si se articula bajo criterios de viabilidad técnica, transparencia y cooperación institucional. Las alianzas entre el sector público y el privado, bien diseñadas, pueden facilitar la transferencia de conocimiento, eficiencia operativa e innovación, siempre que se mantenga una supervisión clara y un enfoque centrado en el interés general.Este momento puede entenderse, por tanto, no como una simple intervención puntual, sino como una oportunidad para redefinir el modelo de gestión de residuos en Guinea Ecuatorial. Una política ambiental sostenible requiere continuidad, educación ciudadana, separación en origen, mantenimiento regular y evaluación permanente de resultados. También exige corresponsabilidad: la limpieza de las ciudades no depende únicamente de las autoridades, sino del comportamiento diario de todos.Quizás el verdadero desafío no resida únicamente en rehabilitar plantas o construir nuevas instalaciones, sino en consolidar una visión de ciudad más ordenada, más saludable y más consciente de su entorno. Una visión donde el desarrollo urbano y la protección ambiental caminen de la mano.Si se logra avanzar en esa dirección, la gestión de residuos dejará de ser una urgencia recurrente para convertirse en un componente estable del progreso. Y, poco a poco, Malabo y Bata podrán proyectar no solo ciudades más limpias, sino también un modelo de crecimiento más equilibrado y sostenible para las próximas generaciones.
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