_Por Hermógenes E._
Un nuevo tiroteo en las inmediaciones de la Casa Blanca. Un atacante muerto. Un transeúnte herido. El presidente, a salvo en la residencia. La noticia, difundida por Europa Press, parece un capítulo más de la serie de «casi tragedias» que han marcado la vida política de Donald Trump.
Pero ante la reiteración, cabe preguntarse: ¿realmente Estados Unidos tiene un presidente al que la inestabilidad persigue como una sombra? ¿O estamos ante un maestro de la escenificación política que ha convertido el caos en su principal herramienta de comunicación? La respuesta, como casi todo lo que rodea a Trump, se mueve en esa tierra de nadie donde lo real y lo escenificado se confunden deliberadamente.
Desde que Trump irrumpió en la escena política, su mandato ha sido una sucesión ininterrumpida de situaciones límite. Dos intentos de asesinato documentados durante la campaña de 2024 (uno de ellos con una bala que le rozó la oreja), asaltos al Capitolio, amenazas de bomba contra tribunales, y ahora, un tirador abatiendo a tiros frente a la verja norte de la Casa Blanca mientras él estaba dentro.Para un ciudadano corriente, eso sería aterrador. Para Trump, es branding.
El presidente ha construido su imagen pública sobre la base de ser el «superviviente», el hombre al que «intentan matar» porque «el sistema profundo» le odia. Cada incidente de seguridad, ya sea real o magnificado, alimenta ese relato mesiánico.
¿Podría ser un montaje? La pregunta flota en el ambiente porque Trump ha demostrado una habilidad asombrosa para distorsionar la realidad. Recordemos que durante su primer mandato, sus propios asesores hablaban de «fuego y humo» como táctica de distracción. Sin embargo, la información de Europa Press es verosímil: hay un muerto, un herido, decenas de disparos reales, agentes del FBI en el lugar. Lo que sí es discutible es la utilización política inmediata de esos hechos.
Apenas horas después del suceso, el entorno de Trump ya filtraba declaraciones sobre «la violencia de la izquierda radical» y «la necesidad de mano dura». El incidente real se convierte así en un argumento de campaña anticipada para 2028. Es una jugada maestra: si ocurre algo malo, Trump lo capitaliza; si no ocurre, lo inventa o lo exagera.
La clave geoestratégica reside en la percepción. Para los adversarios internacionales, da igual si estos incidentes son azar o montaje. Lo relevante es que un presidente estadounidense tenga que gobernar permanentemente desde un búnker simbólico, rodeado de vallas y con agentes del Servicio Secreto en constante estado de alerta. Eso transmite debilidad institucional, independientemente de la causa.
En conclusión, negar que estos tiroteos sean reales sería tan irresponsable como creer que Trump es un mero espectador de su propia película. Lo más probable es que vivamos en una época de violencia política real —algo estadísticamente demostrable— y que, además, Trump sea un experto en explotar cada gota de dramatismo. La pregunta no es si el tiroteo fue un montaje, sino por qué, después de tantos años, el Servicio Secreto sigue permitiendo que un civil armado llegue hasta la puerta de la Casa Blanca. Mientras tanto, el presidente seguirá vendiendo gorras con la leyenda «Ellos me quieren muerto». Y a mucha gente, desgraciadamente, le parecerá creíble.