*El espíritu del vacío: cuando un joven se convierte en noticia*

Juan Antonio Esono Bee, el joven que apuñaló a su madre en Luba, dice que un espíritu se apoderó de él. Quizá no mienta. Pero ese espíritu no viene de otro mundo: nace del silencio, de la rabia sin nombre y de una sociedad que aún no ha aprendido a escuchar a sus hijos antes de que empuñen un cuchillo

_Duele leer una noticia así. Duele porque una madre lucha por su vida en un hospital de Malabo. Duele porque un hijo, el mismo que ella probablemente amamantó y cuidó, ahora está detenido, con una explicación que parece sacada de una leyenda: “Un espíritu se apoderó de mí”.

Pero, ¿y si ese espíritu existiera? No como una entidad sobrenatural, sino como una metáfora del desamparo emocional que muchos jóvenes guineanos llevan dentro. Una fuerza oscura que no aparece de repente, sino que se va instalando poco a poco: cuando nadie pregunta cómo te sientes, cuando el único diálogo con los adultos es una orden o un regaño, cuando el futuro se vuelve un borrón y lo único que queda claro es la rabia.

En los últimos años, hemos visto cómo crece en las calles de Guinea Ecuatorial una delincuencia juvenil que aterra. Robos, agresiones, vandalismo. Y detrás de cada acto violento hay una historia que duele: jóvenes que no encuentran quien les ponga límites con cariño, jóvenes que repiten lo que ven en hogares donde a veces también se golpea, jóvenes que se sienten invisibles y entonces deciden hacerse visibles con el miedo ajeno.

No es que falten leyes. Hay comisarías, jueces, penas. Lo que parece faltar, en muchos casos, es una voz firme pero no castigadora que pueda llegar a tiempo. Una voz que no sea la del policía que detiene, sino la del adulto que sostiene. Una voz que diga: “Te veo, te escucho, y esto que estás haciendo no te va a llevar a ningún lugar que valga la pena”.

Porque el joven de Luba no se despertó un día poseído. Días, meses, quizá años de algo hirviendo en su interior lo llevaron a ese cuartel, a ese cuchillo, a esa madre herida.

Con mirada psicosocial, sabemos que la violencia juvenil rara vez es un estallido gratuito. Es más bien el resultado de una falta de contención emocional que puede darse incluso en familias que tienen techo y comida. No se trata de pobreza material siempre. Se trata de pobreza afectiva, de ausencia de diálogo, de la incapacidad colectiva –como sociedad– para ofrecer a los jóvenes un espejo donde mirarse y verse valiosos.

Con tono poético, digamos que muchos jóvenes hoy caminan con el puño cerrado porque nadie les tendió la mano a tiempo. Que su grito se ha vuelto golpe porque la palabra se les quedó atragantada. Que la madrugada en que Juan Antonio apuñaló a su madre fue, quizá, la única forma que encontró de decir: “Algo en mí está muriendo”.

El humanismo nos pide no elegir bandos. Condenamos el acto, sí. Pero también nos detenemos a pensar: ¿dónde estaban los adultos que podían haber hablado con él antes? ¿Dónde las redes de apoyo que le hubieran enseñado a poner nombre a su furia? ¿Dónde la paciencia de una comunidad para no apartar la mirada cuando un joven empieza a mostrar señales de que algo no va bien?

No se trata de justificar lo injustificable. Se trata de entender que, si no miramos esas grietas, seguiremos llenando celdas y hospitales, mientras el verdadero espíritu –el del abandono silencioso– sigue apoderándose de más jóvenes.

Ojalá la justicia actúe con firmeza. Pero ojalá también alguien, en algún lugar de Guinea Ecuatorial, se siente frente a un adolescente con la mirada perdida y le diga, sin sermones: Cuéntame qué te duele. Aún estamos a tiempo.

Porque el próximo «espíritu» ya está creciendo en algún barrio. Y quizá solo necesita una voz que le recuerde que no está solo.

Related posts

RDC: Incendiadas carpas hospitalarias donde recibían tratamiento pacientes de ébola en Rwampara

El agujero del INSESO: 14.000 millones, un hospital fantasma y la prueba de fuego de la nueva justicia

África: La OMS eleva a 500 los casos sospechosos por ébola