Ekos de Noticias: La FIFA y Gianni Infantino deben dar explicaciones por el escandaloso trato a Omar Abdulkadir Artan

El reconocido árbitro Omar Abdulkadir Artan vio desvanecerse el mayor sueño de su vida justo cuando estaba a punto de cumplirlo, después de años de trabajo para llegar a este momento. Habría sido el primer somalí en dirigir en una Copa del Mundo, un detalle significativo si se tiene en cuenta la insistencia de la FIFA en destacar su compromiso con el desarrollo del fútbol africano.

A la vez, varios integrantes del cuerpo técnico iraní no pudieron acompañar a sus jugadores en un momento difícil para la selección, después de que también se les negara la entrada al país.

El delantero iraquí Aymen Hussein pasó horas bajo interrogatorio a su llegada a Chicago, mientras que las delegaciones de Senegal y Uzbekistán denunciaron el trato recibido durante controles de seguridad realizados sobre la pista del aeropuerto.
Conviene recordar qué representa, en esencia, una Copa del Mundo: una celebración global que los países aspiran a organizar por su capacidad para reunir a personas de todos los rincones del planeta.

Estas historias transmiten una imagen muy distinta. Y vale la pena subrayarlo: el torneo nunca había afrontado problemas de visado de esta magnitud.
La pregunta, entonces, resulta inevitable: ¿debería celebrarse un Mundial en un país que parece no querer recibir a algunos de los participantes y aficionados que forman parte de él?

Es escandaloso que se haya llegado a este punto, y a tan poco del inicio del torneo. ¿Cómo fue posible que el caso de Artan avanzara hasta aquí? Resulta llamativo que países con historiales tan cuestionados como Qatar y Rusia ofrecieran menos obstáculos a los participantes de un Mundial.

Más allá del debate sobre el lavado de imagen a través del deporte, el problema remite a una serie de cláusulas contractuales que forman parte de cualquier candidatura para organizar torneos de la FIFA. Entre ellas figuran las llamadas «garantías gubernamentales», que abarcan visados, permisos, inmigración y procedimientos de registro. Fuentes de alto nivel vinculadas a la organización las describen como la base de cualquier contrato de sede.

Por eso llama la atención que el organismo rector intente ahora tomar distancia del asunto al insistir en que «no participa en los procesos migratorios de los países anfitriones, incluidas las decisiones sobre visados». Esa postura revela mucho sobre este Mundial y sobre el rumbo que ha tomado la FIFA.

Basta con recordar lo que dijo el propio presidente del organismo, Gianni Infantino.
En 2017 afirmó: «Es evidente que, en lo que respecta a las competiciones de la FIFA, cualquier selección que se clasifique para un Mundial —junto con sus aficionados y dirigentes— debe poder ingresar al país anfitrión. De lo contrario, no hay Mundial».
Y el año pasado declaró: “Es importante aclararlo. Hay muchos malentendidos. Todos serán bienvenidos en Canadá, México y Estados Unidos para la Copa Mundial de la FIFA del próximo año”.

A la luz de lo ocurrido, parece que el único que alimentó esos malentendidos fue el propio Infantino. Y ese error de cálculo podría tener consecuencias más profundas.

Por un lado, el trato desigual hacia algunas selecciones amenaza con alterar el desarrollo del torneo. Senegal aparecía como uno de los posibles equipos revelación. Irán, incluso, podría cruzarse con los anfitriones en octavos de final. Hoy, ambos parten con una desventaja difícil de ignorar.

Además, el episodio coincide con reportes de distintas fuentes sobre presiones a asociaciones nacionales para que respalden una nueva candidatura de Infantino a la presidencia de la FIFA.

Todo esto ocurre antes del inicio de un Mundial estrechamente asociado a su figura y que ya acumula controversias. Lejos de reforzar su legado, esos problemas podrían exponer algunas de las principales debilidades de su gestión.

La pregunta de fondo es qué sentido tuvo tanta cercanía con Donald Trump. ¿No se suponía que esa relación serviría para resolver situaciones como esta? En cambio, la FIFA apenas ha obtenido resultados concretos.

Incluso su decisión de desentenderse de los procesos del país anfitrión proyecta la misma falta de liderazgo. Varias figuras influyentes del fútbol han descrito esa postura como «obtusa», «de mala fe» y, en un caso, «una completa estupidez».
El Gobierno de Trump dejó clara durante años su postura hacia determinados países. De hecho, la Orden Ejecutiva 13769 pasó a conocerse como la “prohibición de entrada a musulmanes”.

Tres días antes de recibir el Premio de la Paz de la FIFA, Trump afirmó que Somalia “apesta” y que “no sirve para nada”, además de calificar de “basura” a los inmigrantes somalíes.

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