*La UEFA ejerce la ética del deporte mientras Infantino y Motsepe se cobijan en el silencio del poder*

El fútbol, enseñaba Ortega, no es un lujo de la civilización, sino un termómetro de ella. Cuando una sociedad o sus instituciones fallan en lo pequeño —en un silbato, en un visado, en la dignidad de un árbitro—, fallan también en lo grande. Y lo que ha ocurrido con Omar Artan, el colegiado somalí vetado por Estados Unidos para pitar en el Mundial, no es una anécdota migratoria. Es un examen de conciencia para el deporte global.

La UEFA lo entendió. Y con un gesto que trasciende el trofeo en disputa, nombró a Artan para la Supercopa de Europa. No fue un parche. Fue una declaración de principios: la excelencia deportiva no tiene pasaporte, y la humillación de uno es la humillación de todos.Pero mientras el organismo europeo daba la cara, los dos nombres que debían estar al frente del escándalo —Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y Patrice Motsepe, presidente de la CAF— optaron por el silencio. No un silencio cualquiera, sino ese que Adela Cortina denuncia como cómplice: el que protege estructuras, el que no mancha expedientes, el que permite que la injusticia pase de largo sin que nadie tenga que explicarla

.¿Dónde está la voz de Infantino, que tantas veces ha posado junto a mandatarios y ha hablado de «fútbol para todos»? ¿Dónde la de Motsepe, cuya confederación debía ser la primera en alzar el puño por uno de los suyos? No están. Porque el poder, cuando calla, no está ausente: está eligiendo bando.

La UEFA, con sus luces y sombras, ha dado una lección incómoda. Ha recordado que el fútbol nos debe enseñar a no mirar hacia otro lado. Y que el silencio de los líderes no es neutral: es siempre, en ética deportiva, un silencio que pesa.

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