Por Mtr Juan Santos ENGONGA MBA – Ekos de Noticias_
Hay crímenes que no se entierran. Se disuelven.
El 17 de enero de 1961, Patrice Emery Lumumba, primer Primer Ministro elegido democráticamente del Congo independiente – apenas 6 meses de independencia – fue fusilado en un claro cerca de Élisabethville, actual Lubumbashi, en Katanga. Con él, Joseph Okito y Maurice Mpolo. El pelotón lo dirigía el mercenario belga Julien Gat, bajo el mando del comisario de policía belga Frans Verscheure, al servicio del secesionista Moïse Tshombé.
Pero la muerte no bastó. Había que borrarlo.
Es ahí donde entra el hombre blanco de la televisión pública belga.
El carnicero que guardó trofeos
Se llamaba Gerard Soete, comisario jefe de la policía de Katanga, belga de 30 años. En la tarde y noche del 21 de enero, cuatro días después del fusilamiento, recibió una orden: nada debe quedar.
Soete contó él mismo cómo lo hizo, primero al investigador Ludo de Witte y luego en 1999 ante las cámaras de la VRT, la televisión pública flamenca, y en 2000 ante un documental de la cadena alemana ARD.
Empezamos por emborracharnos, para tener valor. Desmembramos el cadáver, lo más difícil fue cortarlo
En la tarde y noche del 21 de enero, el comisario Soete y su hermano desenterraron por segunda vez el cadáver de Lumumba, lo cortaron con una sierra para metales y lo disolvieron en ácido sulfúrico concentrado. se le ordenó hacer desaparecer a las víctimas con ácido sulfúrico. De recuerdo, Soete se quedó con dos dientes de Lumumba, y una bala incrustada en el cráneo
En otra versión dijo: dos dientes y dos dedos. Los guardó en su casa de Bruselas durante 40 años. Como quien guarda un cuerno de caza.
Esa es la imagen que África nunca pudo digerir: el héroe de la independencia, el hombre que en 1960 le dijo al rey Balduino «ya no seremos vuestros monos», convertido en 34 pedazos disueltos en un bidón, mientras su asesino bebe cerveza en un programa de entretenimiento y muestra el diente a la cámara.
¿Qué hizo África? La reacción que no fue reacción
Aquí está la parte más dolorosa para la investigación.
En 1999-2000, cuando Soete confiesa, la Unión Africana no existe. Existe la OUA, Organización para la Unidad Africana, moribunda, sin Corte Penal, sin capacidad de presión, financiada en parte por la misma Unión Europea.
La OUA no convoca un Consejo de Seguridad. No rompe relaciones con Bélgica. Emite un comunicado tibio pidiendo «el esclarecimiento». ¿Por qué?
Primero, porque muchos de los dirigentes africanos de 1999 eran hijos del sistema Mobutu, el mismo Mobutu que entregó a Lumumba. Mobutu estuvo 32 años en el poder gracias a Bélgica, Francia y EE.UU. Condenar a Soete era condenar la legitimidad de sus propios padres políticos.
Segundo, porque la Guerra Fría aún proyectaba su sombra. Lumumba había pedido ayuda a Moscú. Para Washington y Bruselas era «comunista». Para muchos gobiernos africanos alineados con Occidente, era incómodo reivindicarlo.
Tuvo que ser una familia, no un continente, quien reaccionara. Juliana Lumumba, su hija, escribe en 2020 al rey Felipe de Bélgica una carta que la UA luego hará suya:
Los restos de Patrice Emery Lumumba están siendo usados por un lado como trofeos por algunos de sus conciudadanos, y por otro como posesión fúnebre secuestrada por la justicia de su reino»
Mi padre fue un héroe sin tumba.
La presión mediática obligó a Bélgica a hacer lo mínimo: crear en 2000 una comisión parlamentaria que en 2001 concluyó lo obvio: Bélgica no ordenó el gatillo, pero tenía «una porción irrefutable de responsabilidad». En febrero de 2002, el ministro de Exteriores Louis Michel pide disculpas por «responsabilidad moral». No penal. Moral.
La Unión Africana, nacida oficialmente en Durban en julio de 2002, hereda el expediente ya cerrado.
2022: La farsa del entierro
El segundo acto es aún más cínico.
En 2016, Godelieve Soete, hija del carnicero, posa sonriente para el periódico Het Laatste Nieuws mostrando entre el pulgar y el índice un diente de oro. «El diente de Lumumba», dice.
El historiador Ludo de Witte denuncia y la justicia belga lo incauta.
Seis años tarda la justicia belga en devolverlo. El 20 de junio de 2022, el Primer Ministro Alexander De Croo entrega en una caja azul un solo diente a la familia, en una ceremonia en Egmont. Luego el diente viaja a RDC para un tour de 10 días y es enterrado en un mausoleo en Kinshasa.
La Unión Africana, ahora sí, a través de Moussa Faki Mahamat, aplaude la «restitución». La presidencia congoleña habla de «justicia que vuelve a casa». Pero ningún medio africano deja de notar la obscenidad: se devolvió un diente. De un hombre que medía 1,75m. Disuelto en ácido.
Opinión: La Unión Africana falló a Lumumba dos veces
Mi opinión es clara: la UA falló.
Falló en 1961 cuando permitió que la ONU, bajo mando de belgas y americanos, arrestara a Lumumba el 10 de octubre y lo entregara a sus asesinos. Falló en 1999 cuando permitió que la confesión de un crimen de lesa humanidad se tratara como anécdota de un documental de tarde y no como prueba para llevar a Bélgica a la Corte Internacional de Justicia.
¿Por qué el diente de Lumumba no provocó lo mismo que la cabeza de Sarah Baartman, devuelta por Francia a Sudáfrica en 2002 con honores de jefe de Estado? Porque África sigue negociando su memoria con Europa como si pidiera un favor, no exigiendo justicia.
Soete murió en 2000 impune, en su casa, con pensión de funcionario. Nunca fue juzgado. Sus hermanos tampoco. Verscheure tampoco. Tshombé murió en Argelia. Mobutu en Marruecos.
Y Lumumba sigue sin tumba. Porque un diente no es un cuerpo. Es la prueba de que quisieron que no quedara ni polvo.
La verdadera actitud de la Unión Africana no fue una declaración. Fue el silencio de 40 años que permitió que un hombre blanco pudiera salir en televisión pública, decir «corté a Lumumba en trozos y me quedé los dientes», y volver a su casa a dormir tranquilo.
Ese silencio pesa más que el ácido.