Por: H. Engono.
Malabo, 29 de junio de 2026_
Esta madrugada, más de 4.000 jóvenes ecuatoguineanos han intercambiado el sueño por el bolígrafo. Han acudido a los centros habilitados por la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial con una mochila cargada de nervios, pero también con el peso de una familia, de un futuro incierto y, en muchos casos, de un sueño de movilidad social. Sin embargo, mientras observamos las colas frente a las aulas, cabe preguntarse: ¿estas pruebas evalúan realmente el talento de nuestra juventud o están midiendo, en realidad, la brecha profunda entre nuestro contexto sociocultural y un modelo educativo de importación?
El espejismo del formato «selectividad»
Cuando en 2012 se sustituyó la clásica «prueba de madurez» por el formato español de selectividad, se argumentó que estábamos dando un salto de calidad hacia la homologación internacional. Es cierto: el modelo exige mayor capacidad analítica, menor memorismo y una visión más transversal del conocimiento. Pero más de una década después, y con la alarmante caída de aprobados desde 2015, debemos hacer autocrítica.
¿Qué ocurre cuando un país con limitaciones estructurales en sus aulas—falta de bibliotecas actualizadas, déficit de formación docente continua y brecha digital—adopta un examen diseñado para una realidad europea? El formato no es malo, pero su implantación sin una reforma paralela de la educación secundaria se convierte en un embudo. No podemos pedir a un estudiante de un instituto rural de Kie-Ntem que razone sobre el imperialismo romano en Latín con la misma soltura que un alumno de un colegio privado de Malabo, si los recursos y la calidad docente son abismalmente desiguales. El fracaso estadístico no es de los alumnos; es, en gran medida, el reflejo de una política educativa que corre sin haber atado bien los cordones de los zapatos.
La encrucijada identitaria: ¿África o Filosofía?
Uno de los aciertos que debemos destacar es la dualidad en la fase general: el estudiante puede elegir entre Historia de África y de Guinea Ecuatorial o Historia de la Filosofía. Esta disyuntiva es, en sí misma, un campo de batalla sociocultural. Por un lado, la filosofía nos abre al pensamiento crítico universal; por otro, la historia africana nos ancla en nuestra identidad, en las raíces que nos precedieron al coloniaje.
Pero, en la práctica, ¿cuántos estudiantes eligen la historia africana por vocación y cuántos por descarte o porque se considera «más fácil»? El enfoque sociocultural nos exige una reflexión incómoda: seguimos educando para ser ciudadanos del mundo, pero con un currículo que, al exigir tres idiomas europeos (castellano, francés e inglés) como filtro, deja en un segundo plano el estudio profundo de nuestras cosmovisiones ancestrales. La verdadera madurez que debería evaluar esta prueba no es solo saber conjugar verbos en francés, sino comprender el alma de una nación que camina con una pierna en el legado colonial y la otra en la modernidad global.
La beca: el salvavidas de una esperanza
No podemos olvidar el trasfondo socioeconómico. Para la gran mayoría de estos 4.000 jóvenes, la nota de selectividad no es un simple número; es el pasaporte para acceder a una beca del Gobierno. En un país donde la empleabilidad juvenil sigue siendo un desafío, la beca universitaria representa, muchas veces, el único salvavidas para las familias.
Esta presión transforma la prueba en un rito de paso casi sacrificial. El Estado invierte en becas a través de varios ministerios, pero la inversión más urgente debería ser en el tramo previo. ¿De qué sirve financiar la educación superior si el 60% o 70% de los aspirantes (según las medias de los últimos años) quedan fuera en la puerta de entrada porque el sistema de origen no les preparó adecuadamente? La política de becas es loable, pero si no va acompañada de una inversión estructural en la enseñanza primaria y secundaria, estaremos perpetuando un ciclo de exclusión que condena a nuestra juventud a la frustración.
Mirando hacia el 2030Mientras estos jóvenes se enfrentan hoy a Lengua y mañana a Matemáticas o Biología, debemos recordar que la calidad de un sistema educativo no se mide solo por la dureza de su examen de ingreso, sino por su capacidad de incluir y potenciar a todos sus ciudadanos. Deseamos, desde lo más profundo, que recuperemos esos niveles de aprobados que vimos en 2003, 2010 o 2011. Pero no debemos confundir el fin con el medio: la meta no es que aprueben más por aprobar, sino que lleguen a la universidad con las herramientas reales para convertirse en los profesionales y líderes que nuestra sociedad necesita.
A los estudiantes, les deseamos la mejor de las suertes. A las autoridades educativas, les pedimos una reflexión valiente. Que los exámenes de estos dos días no sirvan solo para filtrar, sino para escuchar el clamor de una juventud que pide a gritos una educación que, siendo exigente, sea ante todo justa y contextualizada. Porque el futuro de Guinea Ecuatorial no se juega solo en un papel de examen; se juega en la coherencia con la que preparamos a nuestra gente para el siglo XXI.¡Mucho ánimo a todos los aspirantes! El país está atento a su esfuerzo.