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Home Actualidad «LA FAMILIA DEL ATAÚD: FUIMOS A ENTERRARTE, PERO NO A SALVARTE»

«LA FAMILIA DEL ATAÚD: FUIMOS A ENTERRARTE, PERO NO A SALVARTE»

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Por Mtr Juan Santos ENGONGA MBA – EKOS de Noticias

Nos hicimos expertos en recorrer kilómetros para llorar, pero analfabetos para recorrer un metro y ayudar.

Esa es la verdadera radiografía de la familia guineoecuatoriana de hoy.

Antes, cuando moría alguien en Akonibe, en Mongomo, en Kogo, llegaba toda la familia. De Bata, de Malabo, de España. Alquilaban coche, compraban pagne, llevaban una vaca. Se quedaban una semana. Lloraban. Comían. Bailaban el mekuy. Y se iban.

Y todos decían: «Qué familia más unida».

Mentira.

Esa misma familia no fue capaz de recorrer los 50 metros que separaban su casa de la casa del difunto cuando estuvo 6 meses en cama enfermo. Nadie le llevó a La Paz. Nadie le compró paracetamol. Nadie le dejó 5.000 francos para su receta.

Pero para su funeral, todos tuvieron 100.000 francos para el uniforme y el transporte.

¿Qué nos pasó?

La familia africana que conocimos en los años 70, 80 y 90 no era así. La que nos enseñaron nuestros abuelos fang, ndowé, bisio, bubi, era otra cosa:

La familia era un hospital. Si caías enfermo, tu tío vendía su cacao para tu tratamiento.
Era un banco. Si no tenías para la matrícula, tu primo mayor que trabajaba en Bata te pagaba sin pedirte recibo.
Era una escuela. Si tu padre moría, tu tío te criaba como hijo propio, no como sobrino de segunda.
Era vergüenza. Era imposible que tu hermano pasara hambre y tú subieras fotos comiendo en un restaurante de Malabo.

Hoy hemos invertido los valores. Hemos convertido la familia en una empresa de eventos funerarios.

Somos solidarios con el muerto porque el muerto no pide. No molesta dos veces. No te va a pedir prestado el mes que viene. El muerto queda bien en la foto. Te permite demostrar que «somos familia» sin el compromiso de serlo de verdad.

Ayudar a un vivo cuesta. Cuesta dinero, cuesta tiempo, cuesta paciencia. Requiere visitar el hospital, aguantar su mal humor de enfermo, prestar y saber que quizá no te devuelve. El vivo da trabajo.

El muerto da prestigio.

Por eso ves a hermanos que no se hablan durante 3 años por 50.000 francos, abrazados y llorando a grito pelado delante del ataúd. Por eso ves a una familia que no fue capaz de poner 200.000 francos para sacar a su hermano de la cárcel preventiva, pero pone 2 millones para comprar cajas, telas y alcohol para su entierro.

Nos hemos vuelto necrófilos sociales. Amamos más a nuestros muertos que a nuestros vivos.

Y no es pobreza. Es hipocresía. Porque el mismo que dice «no tengo nada, estoy mal» cuando su hermana le pide para el colegio de su hijo, aparece con zapatos nuevos y un sobre de 50.000 en el funeral de su tío en el pueblo.

La verdadera familia africana y guineana que conocimos no era la del funeral. Era la del «¿qué te falta? diario.

Volvamos a ella.

Antes de comprar tu billete para ir a llorar al pueblo, pregúntate: ¿visité a mi hermano cuando estaba enfermo? ¿Le llamé cuando perdió el trabajo? ¿Le di la mano cuando todos le señalaban?

Si la respuesta es no, no vayas a su funeral. Quédate en tu casa. Tu lloradera no le sirve. Ya es tarde.

La familia no se mide en kilómetros recorridos para enterrar. Se mide en metros recorridos para levantar.

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